El coraje o rencor en sí no lo sentimos por quien nos dañó, sino por nosotros mismos que no nos perdonamos haber permitido que alguien más nos vulnerara.
Cuanto más grande haya sido nuestro error o descuido, más fuerte se nos atraganta. Más tardamos en "auto-perdonarnos" y en centrar la culpa en el otro quien por supuesto -a veces- ni se inmuta.
Así que sano sería comenzar por perdonarnos a nosotros mismos. Lo demás se abona a la justicia divina que ya no nos toca comprobar aunque quisiéramos. Esa es la tarea de Dios, creo yo.
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