Quería manejar ese trayecto para llegar ahí. Ya pasó mucho tiempo desde entonces y alguien sugirió contactarle y pensé: ¿Para qué?
¿Bastará un perdón? ¿Me resarciría saber que hay remordimiento en los daños? ¿Servirá saber que fue lo mejor de la vida? ¿O quizá no fue nada?
Era fácil -me dije-, la respuesta sería la señal.
Al final no manejé y de último momento tomé un vuelo. No diré si fue el gran evento o que mi vestido combinaba con el mantel. Es que no tuve ninguna otra razón para quedarme más tiempo. Finalmente Monterrey siempre se encarga de recordarme que no le soy bienvenida aun con lo que a mí me guste estar ahí.
Así es Monterrey!
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