Por la sencilla razón que podía decir lo que sentía y desahogar mi alma cuando lo necesitaba. Podía hablar sin editarme o sin miedo a ser juzgada ni reprendida o sin el miedo tan grande de poder herir a alguien sin querer -como suelo sin proponérmelo-.
Porque no hay nada más poderoso y que lastime tanto como pueden ser las palabras. Lo sabía y lo expuse. Triste es darme cuenta que yo tenía razón.
Hoy ya no es lo que era… No hay marcha atrás.
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